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¿No puedes hablar en público, no soportas el metro….? Probablemente eres fóbico. Pero no es inevitable. Sí, puedes curarlo.

Una alarma perturbada

Pánico a viajar en avión, perros, lugares cerrados, quedarse solo … Según la Organización Mundial de la Salud, uno de cada dos adultos experimentaría miedos excesivos (por ejemplo, estar muy tenso durante un vuelo) mientras que el 12% de la población sufre de fobias y miedos invalidantes (incapacidad total para tomar un avión).vamos a conocer más sobre estas emociones aparentemente incontrolables que dificultan la vida cotidiana.

Imagina la alarma de un coche. Normalmente sólo debe activarse cuando alguien rompe una ventana o rompe una puerta. Entonces se manifiesta con la fuerza suficiente para ser escuchado, pero no demasiado fuerte para no sembrar el pánico en la calle; dura lo suficiente como para ser notado, pero se puede apagar. Si no funciona, se activará demasiado rápido, con demasiada fuerza, con demasiada frecuencia, durante demasiado tiempo. Y será agotador e inadecuado.

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El miedo normal es como una alarma: su función es llamar nuestra atención sobre un peligro para que podamos afrontarlo. Por el contrario, un miedo patológico es una alarma mal regulada, que en ocasiones puede hacernos reaccionar de una forma extraña: por ejemplo, impedirnos bajar a el sótano porque hay arañas … Este miedo intenso e irracional es una fobia (del griego phobos, «pavor»).

Una desventaja diaria

El miedo normal es una emoción de intensidad limitada, se asocia a una situación realmente peligrosa pero no es invalidante, porque permite actuar de forma adaptada (es, por ejemplo, el miedo al vacío del montañista).

Un miedo fóbico es incontrolable, no asociado a una situación peligrosa, incapacitante y obsesivo hasta el punto de que toda la existencia puede organizarse en torno a él («para no encontrarme frente a …»). Las fobias más frecuentes se refieren a animales, elementos naturales (agua, vacío, oscuridad, tormentas…), medios de transporte, sangre y heridas, situaciones sociales (miradas, juicios…) o lugares públicos. También hay una gran cantidad de fobias centradas en el cuerpo, como el miedo a asfixiarse, vomitar, caer …

Desigualdad de género

Todos los estudios conducen al mismo resultado: hay aproximadamente el doble de mujeres fóbicas que de hombres. Hay varias razones para esta desigualdad. Los psicólogos evolucionistas lo atribuyen a la genética de la especie, que se remonta a tiempos prehistóricos: el ser humano, para cazar, no tenía por qué tener miedo; la mujer, para cuidar el hogar y los niños, tuvo que agudizar su vigilancia y por lo tanto utilizar su miedo. La evolución habría favorecido estos dos perfiles de género.

También sabemos que las niñas pequeñas son más receptivas a los miedos transmitidos por los padres, familiares o la sociedad, sin duda por sus mayores habilidades relacionales y emocionales: observan y decodifican mejor las emociones de las personas que las rodean, para lo mejor (empatía) y para lo peor (el contagio de miedos). Además, incluso hoy en día, los padres suelen ser tolerantes con los miedos de sus hijas, mientras animan a los niños pequeños a afrontar sus miedos.

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Un triple origen biopsicosocial

Si bien el tema sigue siendo complejo, se han logrado avances muy importantes en la comprensión de la adquisición del miedo excesivo.

Hoy, su origen se explica según un modelo «bio-psicosocial»:

biológico primero, porque algunas personas tienen predisposiciones biológicas y genéticas para sentir grandes miedos (temperamentos hipersensibles e hiperemocionales).

Psicológico porque la expresión de estas predisposiciones puede ser facilitada o atenuada por la educación y los acontecimientos de la vida.

Por último, social, porque ciertos estilos de vida pueden revelar vulnerabilidades a varios miedos: así, las fobias al transporte han aumentado mucho, porque nos movemos mucho más hoy que hace veinte o treinta años.

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Autora: Lucia Rodríguez Brines

Apasionada e investigadora de la mente humana. Respeto el sufrimiento humano y procuro ayudar a disminuirlo. Convencida, como psicóloga y como meditadora, de que existe un proceso de evolución de la psique del ser humano. Cómplice del desarrollo de conciencia y valores humanos.

 

 

 

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