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Hablar en público, pedir información a un desconocido, tener una entrevista… En estas situaciones habituales de la vida cotidiana, a todos nos puede suceder sentir una vergüenza, incluso una tensión interior. Esta ansiedad, que puede compararse con el miedo escénico o la timidez, no es en absoluto patológica. Pero cuando la aprensión se convierte en miedo, pánico y nos paraliza por completo en nuestras relaciones con los demás, entonces se convierte en una fobia social. Un trastorno de ansiedad que afecta del 4 al 5% de la población.

Reconocer la fobia social

La fobia social es un miedo excesivo y duradero a relacionarse con los demás. Corresponde precisamente al miedo intenso y persistente al juicio del otro en cualquier situación en la que uno es visto o escuchado, ya sea por un solo individuo, unos pocos, un grupo numeroso o, en el extremo, todo un público. Más que el miedo a afrontar una situación trivial, la fobia social se convierte en una verdadera ansiedad incapacitante. La persona fóbica está tensa, preocupada, estresada, incapaz de razonar o relativizar. Se anticipa con mucha antelación a las situaciones que teme y, ante ellas, puede experimentar ataques de pánico más o menos paralizantes: manos sudorosas, aumento de la frecuencia cardíaca, rubor, temblores, pérdida de memoria …

Hay tres tipos de fobia social. Los más numerosos son los que temen sobre todo la mirada del otro, el juicio, la crítica y, por extensión, el rechazo. Pero también hay ciertos sociófobos cuyo miedo es sobre todo el de la hostilidad y la agresión. Para ellos, el problema radica menos en su juicio de sí mismos que en su visión del mundo y de los demás. Finalmente, están los que temen la intimidad, el contacto físico, la cercanía. Estos últimos tienen menos probabilidades de caer en una fobia intensa, incluso pueden interactuar con normalidad, pero no dejan que nadie entre en su círculo íntimo.

Los orígenes de la fobia social

Como ocurre con la mayoría de los trastornos mentales, la fobia social no es el resultado de una sola causa, sino el resultado de una combinación de factores. Algunas vinculadas a la personalidad y el temperamento, otras a experiencias y acontecimientos de la vida.

No existe un temperamento específico que predisponga claramente a las personas a la fobia social. Pero las personas que nacen con una tendencia introvertida o hipersensible son más propensas a ello. Además, hay rasgos de carácter comunes entre los interesados, como la inhibición o el perfeccionismo. Por lo general, son muy exigentes consigo mismos y, resistiendo el fracaso de sus relaciones con los demás, a menudo caen en el auto- desprecio (“apesto”, “no lo logro. Nunca llegaré”…). Su sentido de la autocrítica es agudo.

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Para estas personalidades más vulnerables,  cuando se agrega una actitud educativa poco conveniente y / o un evento traumático el riesgo de caer en la fobia social se vuelve muy alto. Lo que sería ideal, para que pudieran crecer felices, sería, desde la infancia, unos padres que los comprendan y no los ridiculicen. Deben empujarse sin excesos. Si están demasiado resguardados o sobreprotegidos, se convencen a sí mismos de que son demasiado frágiles para enfrentarse al mundo.

Es necesario incentivar sus vivencias sociales para fortalecer la confianza en sí mismos. El ejemplo de los padres y la información que de él se deriva son pequeños factores que pueden favorecer el desarrollo de la fobia social. Éste es particularmente el caso de las familias que viven encerradas en sí mismas, nunca invitan a nadie, no envían a sus hijos a campamentos de verano … Al igual que una experiencia traumática ocurrida en la infancia o la adolescencia. En el caso de los sociófobos, no tiene por qué ser un evento importante. Podría ser una burla en clase, una caída en público, una situación de injusticia… En todos los casos, un episodio de humillación, cuyo recuerdo condicionó el organismo, por lo que la situación es peligrosa y debe evitarse. Una explicación que se encuentra en el 20% de los casos de fobia.

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Vive con miedo al otro

Según los terapeutas, las consecuencias de la fobia social se vuelven especialmente visibles en la edad adulta temprana. Cuando ya no es posible sortear situaciones sociales porque los padres ya no se conectan con el resto del mundo. A la edad en que uno comienza a construir su vida, a realizar sus estudios, a hacer amigos, a desarrollar su vida amorosa, luego profesional … El sociófobo tenderá entonces rápidamente a evitar las situaciones sociales, o a acortarlas tanto como sea posible. Lo suficiente para seguir erosionando su confianza en sí mismo y aislándolo.

A veces, una fobia no afecta todas las áreas de la vida. Algunas personas parecen verse afectadas sólo en el trabajo. El juicio de los demás sobre su trabajo, o sobre quiénes son en el trabajo, les resulta insoportable. No podrán hablar en las reuniones ni ir a pedir un aumento. Esto no les impedirá trabajar, sino tener una vida profesional satisfactoria. Las estadísticas muestran que las personas con fobia social no alcanzan el nivel profesional que podrían esperar y que a menudo viven solas. Esto explica por qué se estima que el nivel de sufrimiento de los socióóbicos es comparable al de las personas deprimidas. Miedo, vergüenza, enfado, estado de tensión permanente… son las emociones dolorosas y dolorosas que marcan su vida diaria.

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Superar la fobia social

El fóbico social a menudo tiene un discurso interno muy acusador. Observa el más mínimo de sus errores. En una situación social, se debate entre su miedo y su autocrítica. En estas circunstancias, ninguna experiencia puede ser beneficiosa para él y servir de refuerzo para la siguiente. Por tanto, el primer paso hacia la curación es la aceptación. Aprende a quererte a ti mismo, a ver tus cualidades, a aprender a mirarte con benevolencia para aceptar exponerse a la del otro.

Aprende a quererte a ti mismo, a ver tus cualidades, a aprender a mirarte con benevolencia para aceptar exponerse a la del otro.

En segundo lugar, es necesaria la técnica de exposición a situaciones temidas. Como ocurre con otros trastornos de ansiedad, las terapias conductuales y cognitivas son las más convenientes. Y para realizar los ejercicios, la terapia de grupo es la más adecuada. Un proceso gradual, pero que produce excelentes resultados.

¿Qué pasa si la fobia es realmente demasiado fuerte? Se puede emplear los tratamientos farmacológicos. Al igual que con la depresión o la agorafobia, los efectos de los antidepresivos no son inmediatos y tardan al menos de 4 a 6 semanas en establecerse por completo. Se manifiestan por una disminución de la aprensión, por una reducción de los síntomas de ansiedad en situaciones sociales y, por tanto, en general, por una mejora paulatina de la calidad de vida. Se reserva sólo en casos de fobia social muy intensa y muy molesta, y cuando la psicoterapia no es suficiente o no puede implementarse.

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Autora: Lucia Rodríguez Brines

Apasionada e investigadora de la mente humana. Respeto el sufrimiento humano y procuro ayudar a disminuirlo. Convencida, como psicóloga y como meditadora, de que existe un proceso de evolución de la psique del ser humano. Cómplice del desarrollo de conciencia y valores humanos.

 

 

 

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